Por Carmen
ORTEGA S.
CHOLULA.- Un joven llevó a su padre a
un restaurante para disfrutar de una deliciosa cena. Su padre ya era bastante
anciano, y por lo tanto, un poco débil también. Mientras comía, un poco de los
alimentos caía de cuando en cuando sobre su camisa y su pantalón. Los demás
comensales observaban al anciano con sus rostros distorsionados por el
disgusto, pero su hijo permanecía en total calma.
Una vez que
ambos terminaron de comer, el hijo, sin mostrarse ni remotamente avergonzado,
ayudó con absoluta tranquilidad a su padre y lo llevó al sanitario. Limpió las
sobras de comida de su arrugado rostro, e intentó lavar las manchas de comida
de su ropa; amorosamente peinó su cabello gris y finalmente le acomodó los
anteojos.
Al salir del
sanitario, un profundo silencio reinaba en el restaurante. Nadie podía entender
cómo es que alguien podía hacer el ridículo de tal manera. El hijo se dispuso a
pagar la cuenta, pero antes de partir, un hombre, también de avanzada edad, se
levantó de entre los comensales, y le preguntó al hijo del anciano: “¿No te
parece que has dejado algo aquí? “
El joven
respondió: “No, no he dejado nada”. Entonces el extraño le dijo:”Sí has dejado
algo! ¡Haz dejado aquí una lección para cada hijo, y una esperanza para cada
padre!” El restaurante entero estaba tan silencioso, que se podía escuchar cae
un alfiler.
Uno de los
mayores honores que existen, es poder cuidar de aquellos adultos mayores que
alguna vez nos cuidaron también. Nuestros padres, y todos esos ancianos que
sacrificaron sus vidas, con todo su tiempo, dinero y esfuerzo por nosotros,
merecen nuestro máximo respeto. Si también sientes respeto hacia los adultos
mayores, comparte esta historia con todos tus amigos.

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