* Exhortación Apostólica
Evangelii Gaudium
(Primera parte)
Por Andrés ZACA NAYOTL
Teólogo
CHOLULA.- En
este nuevo documento dirigido a todos los católicos se titula: Evangelii
Gaudium” (La Alegría del Evangelio) escrita por el papa Francisco.
Es un documento de 142 páginas
en el que el Papa describe el camino de lo que desea que sea la Iglesia
Católica.
A continuación presento una
selección pasajes de la Exhortación
Apostólica.
- El gran riesgo
del mundo actual, con su múltiple y abrumadora oferta de consumo, es una
tristeza individualista que brota del corazón cómodo y avaro, de la
búsqueda enfermiza de placeres superficiales, de la conciencia aislada.
- Cuando la vida
interior se clausura en los propios intereses, ya no hay espacio para los
demás, ya no entran los pobres, ya no se escucha la voz de Dios, ya no se
goza la dulce alegría de su amor, ya no palpita el entusiasmo por hacer el
bien.
- Hay cristianos
cuya opción parece ser la de una Cuaresma sin Pascua.
- Llegamos a ser
plenamente humanos cuando somos más que humanos, cuando le permitimos a
Dios que nos lleve más allá de nosotros mismos para alcanzar nuestro ser
más verdadero.
- Sueño con una opción misionera capaz de transformarlo todo, para que las costumbres, los estilos, los horarios, el lenguaje y toda estructura eclesial se convierta en un cauce adecuado para la evangelización del mundo actual más que para la autopreservación.
- Dado que estoy
llamado a vivir lo que pido a los demás, también debo pensar en una
conversión del papado. Me corresponde, como Obispo de Roma, estar abierto
a las sugerencias que se orienten a un ejercicio de mi ministerio que lo
vuelva más fiel al sentido que Jesucristo quiso darle y a las necesidades
actuales de la evangelización.
- A los
sacerdotes les recuerdo que el confesionario no debe ser una sala de
torturas sino el lugar de la misericordia del Señor que nos estimula a
hacer el bien posible.
- La Iglesia «en
salida» es una Iglesia con las puertas abiertas. Salir hacia los demás
para llegar a las periferias humanas no implica correr hacia el mundo sin
rumbo y sin sentido.
- Si la Iglesia
entera asume este dinamismo misionero, debe llegar a todos, sin
excepciones. Pero ¿a quiénes debería privilegiar? Cuando uno lee el Evangelio,
se encuentra con una orientación contundente: no tanto a los amigos y
vecinos ricos sino sobre todo a los pobres y enfermos, a esos que suelen
ser despreciados y olvidados, a aquellos que «no tienen con qué
recompensarte» (Lc 14,14). No deben quedar dudas ni caben explicaciones
que debiliten este mensaje tan claro. Hoy y siempre, «los pobres son los
destinatarios privilegiados del Evangelio», y la evangelización dirigida
gratuitamente a ellos es signo del Reino que Jesús vino a traer. Hay que
decir sin vueltas que existe un vínculo inseparable entre nuestra fe y los
pobres. Nunca los dejemos solos.
- Prefiero una
Iglesia accidentada, herida y manchada por salir a la calle, antes que una
Iglesia enferma por el encierro y la comodidad de aferrarse a las propias
seguridades. No quiero una Iglesia preocupada por ser el centro y que
termine clausurada en una maraña de obsesiones y procedimientos.
- Así como
el mandamiento de «no matar» pone un límite claro para asegurar el valor
de la vida humana, hoy tenemos que decir «no a una economía de la
exclusión y la inequidad». Esa economía mata. No puede ser que no sea
noticia que muere de frío un anciano en situación de calle y que sí lo sea
una caída de dos puntos en la bolsa. Eso es exclusión. No se puede tolerar
más que se tire comida cuando hay gente que pasa hambre. Eso es inequidad.
Hoy todo entra dentro del juego de la competitividad y de la ley del más
fuerte, donde el poderoso se come al más débil.
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