Por Andrés
ZACA NAYOTL
CHOLULA.- “El nombre de Dios es
Misericordia” es el primer libro del papa Francisco. Que el día 12 de enero
2016 salió a la venta en 86 países y fue presentado ese mismo día por la mañana
en el Instituto Augustinianum de Roma. El volumen, que lleva la firma del Papa,
esta traducido en varios idiomas entre ellos, español, francés, inglés y
portugués, y se articula en nueve capítulos. Comienza con “el tiempo de la
misericordia” y concluye con “Para vivir bien el Jubileo”.
Quiero por
ello, ofrecer una sinopsis del libro del papa Francisco: La Iglesia no está en
el mundo para condenar, sino para permitir el encuentro con ese amor que es la
misericordia de Dios. Para que eso suceda, es necesario salir. Salir de las
iglesias y de las parroquias, salir e ir a buscar a las personas allí donde
viven, donde sufren, donde esperan.
«La
misericordia es el primer atributo de Dios. Es el nombre de Dios. No hay
situaciones de las que no podamos salir, no estamos condenados a hundirnos en
arenas movedizas».
Con palabras
sencillas y directas, el papa Francisco se dirige a cada hombre y mujer del
planeta entablando un diálogo íntimo y personal. En el centro, se halla el tema
que más le interesa –la misericordia–, desde siempre eje fundamental de su
testimonio y ahora de su pontificado. En cada página vibra el deseo de llegar a
todas aquellas almas –dentro y fuera de la Iglesia– que buscan darle un sentido
a la vida, un camino de paz y de reconciliación, una cura a las heridas físicas
y espirituales. En primer lugar está esa humanidad inquieta y doliente que pide
ser acogida y no rechazada: los pobres y los marginados, los presos y las
prostitutas, pero también los desorientados y los que viven alejados de la fe,
los homosexuales y los divorciados.
En la
conversación con el vaticanista Andrea Tornielli, Francisco explica –a través
de recuerdos de juventud y episodios relacionados con su experiencia como
pastor– las razones de un Año Santo extraordinario que ha deseado intensamente.
Sin ignorar las cuestiones éticas y teológicas, rebate que la Iglesia no puede
cerrar la puerta a nadie; por el contrario, su tarea es adentrarse en las
conciencias para abrir rendijas a la hora de asumir responsabilidad y alejar el
mal realizado.
En la
franqueza de la conversación, Francisco no se sustrae tampoco de afrontar el
vínculo de la relación entre misericordia, justicia y corrupción.
Y a esos
cristianos que se colocan a sí mismos en las filas de los «justos», les
recuerda: «También el Papa es un hombre que necesita la misericordia de Dios».
Solo quiero concluir
que el libro, es considerado ya por muchos una síntesis del magisterio y del
pontificado de Francisco.
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