CHOLULA.- En mi colaboración anterior,
me referí a la gran cantidad de leyes, reglamentos, capítulos, versículos,
apartados, etc. Con la que nuestros representantes populares nos asfixian, que
nos imponen un control exagerado de nuestra conducta e interdependencia humanas;
tal vez esta saturación se deba a que no hallan cómo justificar su trabajo.
Bien sería
que lo hicieran al revés. La cuestión es que, en demasiados casos, sirven de
arma para encarecer la extorsión.
Aunque su
desconocimiento no exime de la responsabilidad, la verdad es que la mayoría las
desconocemos, y aún más las penalizaciones, por lo que al infringir alguna, nos
la pintan como merecedores del paredón o carísimas, por lo que el ciudadano
común trata siempre de defenderse, mediante el cochupo.
Es una forma
en cierto modo justificable, a lo que orilla la reglamentitis que se padece; es
defensa propia del ciudadano. Está primero la panza (o media panza) de los
hijos, que el honor de ser un buen ciudadano. Es triste, pero esa es la
realidad.
Cada Quien se Rasca las Pulgas, Según le Piquen
La culpa
casi se carga al que da y no al que recibe, en el mejor de los casos a ambos;
pero la realidad es que cuando se viola la ley, voluntaria o involuntariamente,
sobre todo en cosas menores, el arreglo es inminente.
La ley se
vende como mercancía virtual. Eso es generalizado y por más que se diga que no
es cierto, todos sabemos que así es.
Quien tiene
la ley en sus manos, al principio se porta incorruptible, digno, impoluto,
celoso de su deber, pero accesible al diálogo, con lo que empieza el arreglo.
Obviamente
hay excepciones. Pero ¿Cuándo podremos tener en nuestras manos una constitución
que ya no tenga cambios siquiera por un periodo de gobierno?

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