tomado de Arqueología Mexicana
CHOLULA.- Al llegar los españoles, la
Gran Pirámide lucía como una loma natural. Abandonada desde siglos antes, su
recubrimiento había sido desmantelado y la vegetación florecía sobre ella. Pero
Tlachihualtepetl, el nombre en náhuatl con el que se le conocía y que significa
“cerro hecho a mano”, indica que los pobladores sabían bien que no era una
elevación ordinaria del terreno, sino una obra humana arcaica y venerable sobre
cuya cumbre seguían realizando sacrificios para pedir lluvia. Pero cuándo y
cómo se habría erigido, eran incógnitas que perdurarían por cientos de años
desde la conquista antes de que alguien intentara resolverlas.
En la
tercera década del siglo XX, varias secciones de la arquitectura interna de la
pirámide sobresalían en sus costados al haber sido cortada por los caminos que
comunicaban Puebla y Cholula. Esos enigmáticos muros que emergían apenas
parcialmente, unos de piedra y otros de adobe, eran una tentadora invitación a
explorar el monumento, pero lo masivo del Tlachihualtepetl suponía un reto
enorme para las técnicas tradicionales de excavación.
IMÁGENES: A
y B. Dentro del túnel iluminado, que hoy en día es parte del recorrido
turístico de la zona arqueológica de Cholula, se ven múltiples pasajes
subterráneos que se adentran en el corazón de la pirámide. C. La Gran Pirámide
de Cholula, coronada hoy por el Santuario de la Virgen de los Remedios, medía,
en su última etapa, casi 400 m por lado y más de 60 m de altura. Zona
arqueológica de Cholula, Puebla.
Esta
publicación es un fragmento del artículo “Las subestructuras de la Gran
Pirámide de Cholula. Viejos túneles, nueva tecnología, nuevos datos”, de las
autoras Gabriela Uruñuela y Ladrón de Guevara y María Amparo Robles Salmerón, y
se publicó íntegramente en la edición regular de Arqueología Mexicana, núm.
115, titulada Cholula, la ciudad sagrada.



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