"Si perseveran con paciencia, salvarán sus almas"
“Quien está disperso en todas direcciones -advertía un antiguo
estratega-, es vulnerable en todas partes”. Por eso Jesús, que sabe que a veces
las cosas de esta tierra nos deslumbran, y que las penas y problemas nos
abruman, nos invita a estar atentos.
Es lo que enseña cuando, a los que ponderaban la solidez del templo,
les dice: “Días vendrán en que no quedará piedra sobre piedra de todo esto”.
Así, como hace notar san Atanasio, nos hace ver que no debemos dejarnos seducir
por lo pasajero, cuando es tan grande lo que él nos ofrece.
Sin embargo, con frecuencia ponderamos tanto el cuerpo, que nos
dispersamos buscando toda clase de emociones, sensaciones, dinero y cosas, hasta
hacer vulnerable nuestra vida personal, familiar y social, arriesgándonos a
perder el sentido de vivir y la vida misma.
También tendemos a dispersarnos cuando en casa, la escuela, el trabajo
y el mundo hay injusticias, pleitos, guerra y violencia. Cuando escuchamos
noticias de terremotos, epidemias, hambre y desastres ecológicos. Cuando
algunos anuncian el inminente fin del mundo.
Cuando enfrentamos ambientes en los que se nos presiona para vivir
como si Dios no existiera.
A través de un lenguaje simbólico, llamado apocalíptico, Jesús nos
invita a no dejarnos seducir ni atemorizar, sino a concentrarnos en lo
esencial: Dios, quien nos da su Espíritu para que podamos defendernos y salir
adelante ¿Y cuál es esa defensa? El amor, que nunca se queda pasmado ni ocioso,
sino que siempre trabaja y hace el bien.
“Si perseveran con paciencia –dice Jesús–, salvarán su vida”. Si
perseveramos en la verdad, el amor y el bien, procurando que, como enseñaba
Juan Pablo II, “se respeten los principios fundamentales”, nuestra vida tendrá
sentido, contribuiremos a construir una familia y un mundo mejor para todos, y
alcanzaremos la felicidad sin final; la unión definitiva con Dios, que gobierna
al universo con justicia y con amor[8].
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