Dios escucha a quienes acuden a él
Por Eugenio LIRA RUGARCÍA
MATAMOROS, TAMAULIPAS.-
Muchas veces nos topamos con situaciones que humanamente nadie puede resolver.
Es entonces cuando dirigimos la mirada al cielo, conscientes que el auxilio
sólo puede venir de Dios. Por eso san Juan Crisóstomo decía: “Nada vale como la
oración: hace posible lo que es imposible”.
Así lo experimentó el pueblo de Israel cuando fue atacado; Moisés se
dirigió a Dios para que ayudara a Josué y sus hombres, que finamente
triunfaron. Y es que Dios siempre nos ayuda; nos dirige su Palabra para que,
preparados para toda clase de obra buena, venzamos la tentación y el mal, y
alcancemos la vida feliz para siempre. Sin embargo, ¿nos fiamos de él?
Esta es la pregunta que nos lanza Jesús para que examinándonos hagamos
la elección correcta. Santa Teresa de Jesús, que lo hizo, exclamaba: “¡Oh Amor,
que me amas más de lo que yo me puedo amar...! ¿Para qué quiero, Señor, desear
más de lo que Tú quieres darme?”.
Esta debe ser nuestra confianza cuando nos dirigimos a Dios para
pedirle algo, sin dejarnos desanimar al ver que lo que pedimos no se da tan
pronto como quisiéramos o de la forma que deseamos: la curación de una
enfermedad, la solución de un problema en casa, el noviazgo, la escuela, el
trabajo ¡Tantas cosas!
San Agustín recuerda: “la única vida feliz es contemplar eternamente
al Señor, en la inmortalidad e incorruptibilidad del cuerpo y del espíritu. En
razón de esta sola cosa, nos son necesarias todas las demás… Quien posea esta
vida poseerá todo lo que desee”.
Dios quiere esa vida para nosotros; y es en base a esto que nos da lo
que conviene. Él tiene la visión completa, nosotros no. Por eso a veces no
entendemos por qué no nos da lo que le pedimos o porqué tarda tanto ¿Qué hacer?
Reconocer nuestra limitación y confiar en él que, además de saberlo todo, nos
ama.
“Confía en Dios –aconseja santa Faustina–, en buenas manos estás... Si
Dios quiere realizar algo, tarde o temprano lo realizará a pesar de las dificultades,
y tú, mientras tanto, ármate de paciencia”.
Hagamos caso a Jesús y perseveremos con humildad en la oración,
conscientes de que Dios no defrauda a nadie.
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