Por Andrés
ZACA NAYOTL
Teólogo
CHOLULA.- Los cristianos, al buscar un
sentido a la cruz, no se diferencian de cualquier ser humano ante sus propios
sufrimientos, los de sus seres queridos o las tragedias de la historia. Buscar
sentido no puede llevar a paliar el escándalo de la cruz, la de Jesús y la de
los condenados. Explicaciones y sentido son cosas de fe. Los modelos
explicativos y soteriológicos no prueban nada; son expresiones de fe
esperanzada en la última bondad de Dios y por tanto de la historia.
Un primer
paso fue considerar la cruz como el destino de un profeta. Eso explica por qué
matan a Jesús, pero no el sentido de esa(s) muerte(s).
Un paso más
fue afirmar que estaba predicha en las Escrituras; más aún, que era designio de
Dios. Al apelar a Dios decimos que nosotros no le vemos sentido; pero también
decimos que a pesar de eso, tenemos esperanza porque el sentido lo ponemos en
Dios. No porque el Dios que conocemos nos explique la cruz sino porque la cruz
nos revela algo muy íntimo e insospechado de Dios. Si la cruz es designio del
Dios bueno, algo de bueno se puede sacar de ella: salvación. Ésta es una
afirmación de fe. La pregunta es cómo puede ser eso posible.
Un modelo
explicativo es la cruz como sacrificio. El sacrificio humano no entraba en las
categorías judías. Los judíos sacrificaban sólo animales. El sacrificio era por
eso siempre sustitutivo, simbólico, ritual. El Nuevo Testamento dirá que el
sacrificio de Jesús ha sido aceptado por Dios y por ello trae salvación. Por
sacrificio de Jesús no se entiende su asesinato, que es sólo un mal: el acto
más injusto y negativo de la historia. Se entiende el ofrecimiento que Jesús
hace de su vida, porque, como hemos venido insistiendo, en su pasión conserva
su iniciativa personal para vivir desde sí mismo su muerte. Él no muere
encerrado en su fracaso sino que ofrece a su Padre su muerte como le había
ofrecido toda su vida. Muere arrojándose en sus brazos. Y quien se arroja en
sus brazos es el que lleva en su corazón a su pueblo y el que perdona a sus
asesinos. El Padre recibe a su Hijo fraterno.
Otro modelo
es la Nueva Alianza. Como la alianza se sellaba con sangre, la cruz de Jesús
pudo interpretarse como la sangre que sellaba la nueva alianza. Nuevamente estamos
ante un símbolo ritual. La sangre en sí no salva. Perder la sangre hasta morir
es mera negatividad, y en este caso una atrocidad de los torturadores. Aquí la
sangre simboliza la vida. Cuando le están quitando la sangre, la vida (pura
negatividad), él entrega su vida. Cuando están rechazando la comunión
propuesta, él mantiene la comunión. Y no sólo la mantiene sino que la consuma
al incluir a todos los seres humanos en la comunión con Dios en la que muere.
Los cantos
del Siervo sufriente proporcionaron otro modelo: Los sufrimientos con los que
carga el inocente Jesús son los que deberíamos cargar nosotros; al cargarlos
voluntariamente y al ofrecerlos a Dios sustitutivamente, más aún, al
cargárselos Dios vicariamente (en vez de nosotros), se convierte en causa de
salvación para nosotros. Este modelo expresa bien el amor de Jesús y de Dios a
la humanidad. Pero tiene dos inconvenientes El primero es la imagen de Dios que
parecería exigir un castigo por el pecado. Esta imagen no se compadece con el
Padre maternal que reveló Jesús. El segundo es la sustitución. Es distinto que
Jesús nos lleve en su corazón, es decir en su amor, afirmación medular del
cristianismo, a que él sufra lo que nos tocaba sufrir a nosotros. Primero
porque Dios no exige sufrir y segundo porque el que ama no sustituye al amado.
El Padre le dejó a Jesús morir su muerte. No lo arrebató para no verlo sufrir.
El amor deja que el amado viva su vida, no le ahorra las experiencias
negativas.
Para Pablo
la cruz puede constituirse en revelación de Dios: lo negativo se convierte en
positivo porque en ella Dios estaba reconciliando al mundo consigo (2Cor 5,19).
Aquí no hay explicación sino proclamación agradecida del acontecimiento.
Lo que hay
en el fondo de estos intentos explicativos es que la vida de Jesús ha sido
grata a Dios y esta vida se consuma en la
cruz. Su misericordia y fidelidad se confrontan en ella con el rechazo y
el abandono, y, triunfando en ellos, se consuman. Es una constante histórica
que quien intenta seriamente ejercer misericordia tiene que estar dispuesto al
sufrimiento. Salvación supone recomposición de lo destruido y eso es costoso.
El pecado historizado tiene una fuerza negativa que destroza a las personas,
como desordena a las instituciones y degrada a la naturaleza. Esa fuerza se
ceba en Jesús y, al no lograr torcer su rumbo vital sino consumarlo, revela su
impotencia, es vencida. En resumen: la encarnación en un mundo de pecado lleva
a la cruz y la cruz es por tanto la culminación de la encarnación solidaria.
Jesús en la
cruz es así la revelación del ser humano cabal: el que pasó haciendo el bien
(Hch 10,38; Mc 7,37), el fiel y misericordioso (Hb 2,17), el que no vino a ser
servido sino a servir (Mc 10,45). Qué poder tenga ese amor es otra cosa, pero
al menos los seres humanos hemos podido ver el amor sobre la tierra, saber lo
que somos y podemos llegar a ser. Es un hecho que cuando los seres humanos
captan que ha habido amor, lo captan como buena noticia, como algo humanizador
y también como invitación a seguirlo. Una eficacia salvífica que pertenece no a
la causa eficiente sino a la ejemplar.
Pero no sólo
es Jesús el que se consuma en la cruz. Ella revela también el amor de Dios. Y
por eso, sobre todo, salva. Ésta es la afirmación fundamental del Nuevo
Testamento. No explica nada, pero lo dice todo. Dios nos prefirió a su Hijo.
Hablando humanamente, la tentación que tuvo Dios en la cruz fue llevarse a su
Hijo para que no muriera. Él nos lo había entregado como el novio de la
humanidad. Si no queríamos esta entrega incondicional, él se lo llevaba y nos
entregaba a nuestro corazón obstinado. Pero él no quiso abandonarnos y por eso
no se llevó a Jesús. Hablando humanamente, a vencer esa tentación ayudó la
actitud de Jesús: si Dios se lo hubiera llevado, no habría respetado su
condición fraternal. Él moría llevándonos en su corazón. Él no quería que su
Padre lo arrancara de nosotros. Por eso no le quedó más remedio que salvarlo
con nosotros, es decir que salvarnos a nosotros con él. Pero precisamente a eso
envió a su Hijo. Así pues, la victoria de su amor sobre nuestro rechazo, fue la
victoria conjunta del amor del Padre y de Jesús.
La cruz nada
dice en directo del poder del amor de Dios, pero dice con la máxima claridad
que es un amor creíble por la desmesura de su entrega. Si alguien no capta que
Dios en la cruz de Jesús nos ha querido mostrar hasta dónde es capaz de llegar,
nada lo convencerá de ello. En ese sentido dijo Bonhoeffer que sólo un Dios que
sufre puede salvarnos.
Hay que
recalcar que sin pecado no hay cruz. Y que la cruz expresa hasta dónde llega su
fuerza: en ella muere vencido el salvador definitivo enviado por Dios. En ella
aparece clavado como ignominia, como ejemplo de lo que no debe hacerse, el más
hermoso de los hijos de los hombres, el más verdadero, el mejor. Pero mantener
la misericordia y la fidelidad en presencia de ese poder que mata, expresa la
magnitud de la solidaridad de Jesús con nosotros y de su fidelidad a Dios. Y el
que Dios se inhibiera y no nos lo arrebatara da también la medida de la resolución
de Dios de ser con nosotros, para nosotros, y a merced de nosotros.
Sin embargo
el que el amor de Dios se exprese como dolor y el de Jesús como oblación por
nosotros implica la fuerza del rechazo que causa víctimas. Por eso la vida toma
la forma de la apuesta: la prestancia del amor ¿es mayor que la del mal que
mata? ¿Es un empate trágico? El amor no puede superar al mal por la fuerza
porque se niega sí mismo, y al contar con la libertad del otro tiene que contar
con la posibilidad de que el otro lo mate. El mal no logra pervertir al bien,
pero tampoco el bien quiere anular al mal ni redimirlo en contra de él. La
resurrección es prenda de nuestra esperanza, pero no anula la apuesta, porque
todavía el mal sigue en la suya.
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