Por Andrés
ZACA NAYOTL
Teólogo
CHOLULA.- La muerte no ha dejado de ser
considerada como el mayor enigma que enfrenta el hombre. Es pertinente
reflexionar la muerte siempre desde su complejidad de dimensiones y desde la
ambigüedad de nuestras posibles afirmaciones sobre ella. Un gran número de
teólogos actuales, en el ámbito católico sostienen, basados en una antropología
unitaria-pluri-dimensional, que la muerte afecta al hombre entero. Significa que
todo el ser del hombre pasa a través de la muerte. La muerte ha sido también
considerada como posibilidad real de culminación de la libertad humana. El
hombre es el único que muere, cuenta con la muerte como límite y es capaz de
darle un sentido o rechazarla.
Sin embargo,
la teología de la muerte ha considerado más detenidamente la cuestión de la
muerte como producto del pecado. El magisterio de la Iglesia afirma que la
muerte es producto del pecado, sin embargo, como afirma Ruiz de la Peña “ha
habido un hombre que murió la muerte humana de otro modo: como acto de suprema
libertad (“nadie me quita la vida; soy yo quien la da voluntariamente” Jn
10,18) y liberalidad (nadie tiene mayor amor que el que da la vida por sus
amigos” Jn 15,13)”. La teología actual, sin negar el dato del magisterio,
insiste fuertemente en distinguir el otro modo posible de la muerte: muerte
como con-morir con Cristo. Así la muerte no se presenta como pena, sino como un
con-morir con Cristo.
Una
controvertida teoría, en el ámbito de la teología de la muerte, ha sido la así
denominada “opción final”, cuyo mayor exponente es L. Boros. Esta teoría
analiza la muerte desde su interior, considerándola como acción y pasión,
propone la posibilidad de una elección al último momento, que se inserte dentro
de la definitividad del hombre. De alguna forma nuestras decisiones personales
se han ido orientado, según la opinión de estos teólogos, hacia el acto último
de la muerte. Acto que podría ser considerado el acto más genuinamente personal
del hombre, en tanto que la muerte pasa a ser el lugar más privilegiado de la
conciencia y del encuentro. Tal tesis, ha encontrado en el campo católico
adeptos y críticos. Entre las críticas que se le hacen, la más fuerte es la
posibilidad que con esta exposición de la opción final, el elimine la
importancia del estado peregrino del hombre, es decir, su historia personal y
comunitaria. La muerte sella definitivamente el acto de la libertad del hombre,
consuma lo que éste ha sido durante la existencia. Irreversiblemente la muerte
devela la existencia en forma definitiva.
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