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¿Jesús entendió su posible desenlace?

Written By Unknown on domingo, 13 de abril de 2014 | 11:29

Por Andrés ZACA NAYOTL
Teólogo  y Filósofo

CHOLULA.- ¿Cómo entendió Jesús este conflicto y su posible desenlace? Lo leyó en las Escrituras. Por eso pudo proponerlo a los apóstoles como algo que estaba anunciado. Él descubre en ellas un destino histórico de rechazo, sufrimiento y muerte, que lee como designio de Dios, en el sentido de que él no interviene para cambiar el curso de los acontecimientos, sino que después cambiará en triunfo ese desenlace ignominioso. Jesús lee la historia como la habían leído los profetas y como la globalizaron a partir del destierro los últimos redactores de la ley (Mt 23,29-31.37; Lc. 11,47-51; 13, 34; Mc 12,1-12): el pueblo y sobre todo los jefes quieren deshacerse de los enviados de Dios. Jesús contempla en esta ley la suerte que le espera.

Pero para él eso no significa el fracaso del designio de Dios sino sus cumplimientos paradójico: la salvación del mundo pasa por el sufrimiento de los enviados de Dios. Si el orden establecido sacralizado no acepta que los enviados de Dios lo desestabilicen y se alza contra ellos, eso significa que, al confiarles esa misión, Dios los envía a la muerte. ¿En qué sentido esta muerte que se consuma en la de Jesús no es un fracaso? Es cierto que el asesinato de Jesús colma la medida: él es el último enviado, rechazarlo equivale a rechazar a Dios. Él toma venganza de ese asesinato y de todos los anteriores al modo divino: venciendo al mal a fuerza de bien.

Es la  “venganza” del amor absoluto y del perdón definitivo. La justicia de Dios es la justificación, el perdón, la gracia, la salvación. El sufrimiento del último enviado es un acontecimiento salutífero porque provoca una inversión de la historia: a causa del amor con que sufre su dolor, Dios perdona a la humanidad.

Así pues a partir de un determinado momento la hostilidad de los círculos oficiales del judaísmo le hizo presentir el desenlace fatal, si proseguía su misión como hasta entonces. Él se sintió movido a proseguirla, aun a riesgo de morir.

Entonces se volvió a las Escrituras para encontrar sentido a lo que le sucedía y en ellas adquirió la certeza de que ese desenlace entraba en el designio salvador de Dios. La ejecución del Bautista pudo ser una premonición de lo que le aguardaba. Al conectarla con Elías, lo vinculó a la tradición de los profetas perseguidos en la que él ocupaba el último eslabón (Mt 17,11-12).

Al meditar la historia de sus predecesores los profetas, comprendió Jesús que Dios es misericordioso y paciente, que acepta ser humillado en sus enviados, y, en vez de tomar cuentas, deja tiempo para que se arrepientan y da su gracia para ello. Ése es el comportamiento que adopta Jesús con los pecadores: así personificará la paciencia salvadora de Dios. Lo hace abajándose hasta la condición de esclavo para servirlos. Más aún, viéndolos esclavos del pecado, se hará él mismo esclavo por ellos para liberarlos. No obviamente esclavo del pecado sino que sufrirá servicialmente las consecuencias de ese pecado del mundo.

El servicio lo llevará a cargar con los pecados. De este modo el vivir para los demás llega hasta dar la vida por ellos. Todo esto en la confianza de que Dios acogería esa actitud reconociéndola como la suya propia. Esta acogida sería la resurrección, que por eso no habría que entenderla como un premio personal sino como la instauración de la situación de salvación. El comienzo del Reino para todos los justificados por él.

Jesús carga con los sobrecargados y así les da vida. Había vivido para ellos y ahora muere como uno de ellos y llevándolos en su corazón. Si Dios acoge su vida, los acoge también a ellos. No hay dos salvaciones: una para las víctimas y otra para los verdugos. La salvación pasa siempre por la solidaridad con las víctimas. A los verdugos se les da la oportunidad de pasarse a la causa de Jesús. Y para que tengan ese tiempo, Jesús carga con su pecado.

Hablando con rigor, Dios no entregó a su hijo ni al juez ni al verdugo ni a la muerte. Aceptó esa muerte escandalosa porque expresaba el extremo de un amor, de una solidaridad con la humanidad herida y porque a través de ella se manifestaba como misericordia ilimitada. De modo semejante Jesús tampoco se entrega a la muerte sino al Padre, a su voluntad de amor a su pueblo y en definitiva a todos los seres humanos.


Así la muerte de Jesús no es un acto aislado, como mágico, sino la coronación de su vida en fidelidad. Fidelidad a su Padre y por ello fidelidad a los predilectos del reino, a los pobres. Jesús muere como Hijo y como Hermano. Pero este hombre solidario, asesinado por las autoridades por el éxito que tuvo con el pueblo llano, como murió como Hijo, murió amando a sus enemigos, es decir orando por sus perseguidores. Las palabras de perdón que Lucas en la cruz interpretan fielmente su actitud final (Lc 23,34; cf Mt 5,44-45).
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