Por Andrés
ZACA NAYOTL
Teólogo y Filósofo
CHOLULA.- ¿Cómo entendió Jesús este
conflicto y su posible desenlace? Lo leyó en las Escrituras. Por eso pudo
proponerlo a los apóstoles como algo que estaba anunciado. Él descubre en ellas
un destino histórico de rechazo, sufrimiento y muerte, que lee como designio de
Dios, en el sentido de que él no interviene para cambiar el curso de los
acontecimientos, sino que después cambiará en triunfo ese desenlace
ignominioso. Jesús lee la historia como la habían leído los profetas y como la
globalizaron a partir del destierro los últimos redactores de la ley (Mt
23,29-31.37; Lc. 11,47-51; 13, 34; Mc 12,1-12): el pueblo y sobre todo los
jefes quieren deshacerse de los enviados de Dios. Jesús contempla en esta ley
la suerte que le espera.
Pero para él
eso no significa el fracaso del designio de Dios sino sus cumplimientos
paradójico: la salvación del mundo pasa por el sufrimiento de los enviados de
Dios. Si el orden establecido sacralizado no acepta que los enviados de Dios lo
desestabilicen y se alza contra ellos, eso significa que, al confiarles esa
misión, Dios los envía a la muerte. ¿En qué sentido esta muerte que se consuma
en la de Jesús no es un fracaso? Es cierto que el asesinato de Jesús colma la
medida: él es el último enviado, rechazarlo equivale a rechazar a Dios. Él toma
venganza de ese asesinato y de todos los anteriores al modo divino: venciendo
al mal a fuerza de bien.
Es la “venganza” del amor absoluto y del perdón
definitivo. La justicia de Dios es la justificación, el perdón, la gracia, la
salvación. El sufrimiento del último enviado es un acontecimiento salutífero
porque provoca una inversión de la historia: a causa del amor con que sufre su
dolor, Dios perdona a la humanidad.
Así pues a
partir de un determinado momento la hostilidad de los círculos oficiales del
judaísmo le hizo presentir el desenlace fatal, si proseguía su misión como
hasta entonces. Él se sintió movido a proseguirla, aun a riesgo de morir.
Entonces se
volvió a las Escrituras para encontrar sentido a lo que le sucedía y en ellas
adquirió la certeza de que ese desenlace entraba en el designio salvador de
Dios. La ejecución del Bautista pudo ser una premonición de lo que le
aguardaba. Al conectarla con Elías, lo vinculó a la tradición de los profetas
perseguidos en la que él ocupaba el último eslabón (Mt 17,11-12).
Al meditar
la historia de sus predecesores los profetas, comprendió Jesús que Dios es
misericordioso y paciente, que acepta ser humillado en sus enviados, y, en vez
de tomar cuentas, deja tiempo para que se arrepientan y da su gracia para ello.
Ése es el comportamiento que adopta Jesús con los pecadores: así personificará
la paciencia salvadora de Dios. Lo hace abajándose hasta la condición de
esclavo para servirlos. Más aún, viéndolos esclavos del pecado, se hará él
mismo esclavo por ellos para liberarlos. No obviamente esclavo del pecado sino
que sufrirá servicialmente las consecuencias de ese pecado del mundo.
El servicio
lo llevará a cargar con los pecados. De este modo el vivir para los demás llega
hasta dar la vida por ellos. Todo esto en la confianza de que Dios acogería esa
actitud reconociéndola como la suya propia. Esta acogida sería la resurrección,
que por eso no habría que entenderla como un premio personal sino como la
instauración de la situación de salvación. El comienzo del Reino para todos los
justificados por él.
Jesús carga
con los sobrecargados y así les da vida. Había vivido para ellos y ahora muere
como uno de ellos y llevándolos en su corazón. Si Dios acoge su vida, los acoge
también a ellos. No hay dos salvaciones: una para las víctimas y otra para los
verdugos. La salvación pasa siempre por la solidaridad con las víctimas. A los
verdugos se les da la oportunidad de pasarse a la causa de Jesús. Y para que
tengan ese tiempo, Jesús carga con su pecado.
Hablando con
rigor, Dios no entregó a su hijo ni al juez ni al verdugo ni a la muerte.
Aceptó esa muerte escandalosa porque expresaba el extremo de un amor, de una
solidaridad con la humanidad herida y porque a través de ella se manifestaba
como misericordia ilimitada. De modo semejante Jesús tampoco se entrega a la
muerte sino al Padre, a su voluntad de amor a su pueblo y en definitiva a todos
los seres humanos.
Así la
muerte de Jesús no es un acto aislado, como mágico, sino la coronación de su
vida en fidelidad. Fidelidad a su Padre y por ello fidelidad a los predilectos
del reino, a los pobres. Jesús muere como Hijo y como Hermano. Pero este hombre
solidario, asesinado por las autoridades por el éxito que tuvo con el pueblo
llano, como murió como Hijo, murió amando a sus enemigos, es decir orando por
sus perseguidores. Las palabras de perdón que Lucas en la cruz interpretan
fielmente su actitud final (Lc 23,34; cf Mt 5,44-45).
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