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La iniciación cristiana en América Latina

Written By Unknown on lunes, 10 de febrero de 2014 | 21:39

Por Andrés ZACA NAYOTL
Teólogo

CHOLULA.- Los sacramentos de la iniciación, bautismo, confirmación, eucaristía, son parte de la única realidad sacramental. En ella se realiza el misterio de amor de Dios que en Cristo quiere salvar a cada hombre, que opte por Él en forma consciente y libre. La conciencia y libertad, como actitudes básicas de la opción.

La iniciación cristiana en América Latina es la promoción de una adhesión a Cristo y a la Iglesia, que significa un compromiso hacia el mundo, es decir una fe encarnada en la historia. Por ello, en la historia de la evangelización vemos como “el mismo hecho del afán evangelizador y la administración del bautismo a los indígenas, reconociendo así su dignidad de personas humanas e hijos de Dios, paso fundamental para la defensa de sus derechos”. “Como consecuencia, sin duda, de la primera evangelización, el pueblo latinoamericano es consciente de la necesidad de la práctica sacramental y acude masivamente; todavía hoy, a solicitar los sacramentos de iniciación. Especialmente en el caso del bautismo de niños y la primera comunión”.

“El principal desafío para la Iglesia en América Latina es la injusticia estructural que atenaza y empobrece al mayor Continente cristiano del mundo, sin que ni la fe ni los sacramentos hayan conseguido incidir adecuadamente en el compromiso social de los cristianos”.

Hoy también, la Iglesia latinoamericana debe enfrentar los mismos desafíos de siempre, con las características propias de nuestro tiempo. Y esto es absolutamente urgente. En cuanto a los sacramentos de iniciación, en particular el bautismo y la eucaristía, ciertamente han penetrado el alma de nuestros pueblos; el bautismo fue semilla de igualdad comunes al blanco y al indio. Y desde la eucaristía se fue construyendo por la acción evangelizadora de la iglesia una autoconciencia reconciliadora, principio de comunión en la vida e historia de nuestro pueblo pobre y religioso. Pero en la actualidad, probablemente más que nunca, por los enormes y rápidos cambios a los cuales estamos sometidos, se advierte la vigencia que sean una vez más celebradas como respuestas a las nuevas exigencias y a los nuevos desafíos y no simplemente como tradicionalmente transmitidos. La estrecha conexión con el sentir del pueblo creyente, que asegura la continuidad con una tradición  ininterrumpida a partir de la primera evangelización, debe ser también fuente de inspiración para propuestas celebrativas vitalmente nuevas para el hombre latinoamericano de hoy. “Cada persona y comunidad del continente está marcada por siglos de agresión y por ejercicios de redención. En esta historia se desenvuelven los sacramentos. Se refieren, pues, a la pascua de cada día; al ambular personal, social, espiritual de la muerte a la vida”.

“El pecado del mundo tiene notas específicas en el hoy latinoamericano. Recalco primero la gravedad. Las mayorías aquí se consideran católicas, y aquí la violencia se ha institucionalizado (Medellín, Paz, 1 al 16; Puebla, 507al 510). Las capas dirigentes, que acostumbran a llamarse católicas, han instalado sociedades desequilibradas; y las grandes capas medias y pobres, también llamadas católicas, contribuyen a ello con su inercia, su complicidad, su violencia horizontal. Por eso, como la Iglesia latinoamericana, estamos involucrados en el pecado social y muy necesitados de la gracias sacramental”.

Lo cierto, es que Puebla y Medellín recalcan mucho la opción por los pobres. En cuanto a la relación de tal opción por los pobres con los sacramentos y en particular con los de la iniciación. La vida cristiana no puede caracterizarse sino por una opción de amor hacia los pobres. Y es que “vivimos en un continente estigmatizado por la injusticia, la pobreza y una escandalosa desigualdad. La pobreza inhumana en la que viven millones de latinoamericanos se manifiesta en mortalidad infantil altísima, falta de vivienda adecuada, problemas de salud, salarios de hambre, desempleo desnutrición, inestabilidad laboral, migraciones masivas forzadas (Puebla 29)”.

Los sacramentos de la iniciación tienen que llevar en sí, es sus contenidos y también es sus expresiones litúrgicas la experiencia de una iglesia que opta por los pobres y que tiende, en su dimensión mistagógica, a formar permanentemente cristianos que vuelven cada día a dejarse exigir, en lo concreto de su vida, por tal opción.

Y es que la Iglesia latinoamericana reconoce y proclama por la fe a Jesucristo como Evangelio y Evangelizador del Padre. “De la vida nueva del bautizado han de brotar expresiones comunitarias de justicia e igualdad en la Iglesia y en la sociedad civil, eliminando no sólo las diferencias de religión y de sexo, sino también las que nacen de las injusticias económicas. Evidentemente, de una concepción liberadora e histórica del bautismo se desprende la exigencia de vivir una vida comunitaria nueva”.

Es importante que el bautismo inicie una vida nueva, que sea verdaderamente seguimiento de Jesús en nuestra historia latinoamericana de hoy, como lo fue la vida de tantos hermanos nuestros, que han dado testimonio de Jesús en nuestro continente.


“Vivimos en tiempo de martirio. La sangre de mártires vuelve a ser semilla de cristianos. Bautizarse en América Latina no es, no debería ser, un mero gesto ritual, sociológicamente extendido por todo el continente. Debería ser realmente pasar de la muerte a la vida. Ser cristiano hoy en Iberoamérica supone estar dispuesto a ser bautizado con el bautismo de Jesús, el bautismo existencial de su muerte y su resurrección”.
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