Por Andrés
ZACA NAYOTL
Teólogo
CHOLULA.- Los sacramentos de la
iniciación, bautismo, confirmación, eucaristía, son parte de la única realidad
sacramental. En ella se realiza el misterio de amor de Dios que en Cristo
quiere salvar a cada hombre, que opte por Él en forma consciente y libre. La conciencia
y libertad, como actitudes básicas de la opción.
La
iniciación cristiana en América Latina es la promoción de una adhesión a Cristo
y a la Iglesia, que significa un compromiso hacia el mundo, es decir una fe
encarnada en la historia. Por ello, en la historia de la evangelización vemos
como “el mismo hecho del afán evangelizador y la administración del bautismo a
los indígenas, reconociendo así su dignidad de personas humanas e hijos de
Dios, paso fundamental para la defensa de sus derechos”. “Como consecuencia,
sin duda, de la primera evangelización, el pueblo latinoamericano es consciente
de la necesidad de la práctica sacramental y acude masivamente; todavía hoy, a
solicitar los sacramentos de iniciación. Especialmente en el caso del bautismo
de niños y la primera comunión”.
“El
principal desafío para la Iglesia en América Latina es la injusticia
estructural que atenaza y empobrece al mayor Continente cristiano del mundo,
sin que ni la fe ni los sacramentos hayan conseguido incidir adecuadamente en el
compromiso social de los cristianos”.
Hoy también,
la Iglesia latinoamericana debe enfrentar los mismos desafíos de siempre, con
las características propias de nuestro tiempo. Y esto es absolutamente urgente.
En cuanto a los sacramentos de iniciación, en particular el bautismo y la
eucaristía, ciertamente han penetrado el alma de nuestros pueblos; el bautismo
fue semilla de igualdad comunes al blanco y al indio. Y desde la eucaristía se
fue construyendo por la acción evangelizadora de la iglesia una autoconciencia
reconciliadora, principio de comunión en la vida e historia de nuestro pueblo
pobre y religioso. Pero en la actualidad, probablemente más que nunca, por los
enormes y rápidos cambios a los cuales estamos sometidos, se advierte la
vigencia que sean una vez más celebradas como respuestas a las nuevas
exigencias y a los nuevos desafíos y no simplemente como tradicionalmente
transmitidos. La estrecha conexión con el sentir del pueblo creyente, que
asegura la continuidad con una tradición
ininterrumpida a partir de la primera evangelización, debe ser también
fuente de inspiración para propuestas celebrativas vitalmente nuevas para el
hombre latinoamericano de hoy. “Cada persona y comunidad del continente está
marcada por siglos de agresión y por ejercicios de redención. En esta historia
se desenvuelven los sacramentos. Se refieren, pues, a la pascua de cada día; al
ambular personal, social, espiritual de la muerte a la vida”.
“El pecado
del mundo tiene notas específicas en el hoy latinoamericano. Recalco primero la
gravedad. Las mayorías aquí se consideran católicas, y aquí la violencia se ha
institucionalizado (Medellín, Paz, 1 al 16; Puebla, 507al 510). Las capas
dirigentes, que acostumbran a llamarse católicas, han instalado sociedades
desequilibradas; y las grandes capas medias y pobres, también llamadas
católicas, contribuyen a ello con su inercia, su complicidad, su violencia
horizontal. Por eso, como la Iglesia latinoamericana, estamos involucrados en
el pecado social y muy necesitados de la gracias sacramental”.
Lo cierto,
es que Puebla y Medellín recalcan mucho la opción por los pobres. En cuanto a
la relación de tal opción por los pobres con los sacramentos y en particular
con los de la iniciación. La vida cristiana no puede caracterizarse sino por
una opción de amor hacia los pobres. Y es que “vivimos en un continente
estigmatizado por la injusticia, la pobreza y una escandalosa desigualdad. La
pobreza inhumana en la que viven millones de latinoamericanos se manifiesta en
mortalidad infantil altísima, falta de vivienda adecuada, problemas de salud,
salarios de hambre, desempleo desnutrición, inestabilidad laboral, migraciones
masivas forzadas (Puebla 29)”.
Los
sacramentos de la iniciación tienen que llevar en sí, es sus contenidos y
también es sus expresiones litúrgicas la experiencia de una iglesia que opta
por los pobres y que tiende, en su dimensión mistagógica, a formar
permanentemente cristianos que vuelven cada día a dejarse exigir, en lo
concreto de su vida, por tal opción.
Y es que la
Iglesia latinoamericana reconoce y proclama por la fe a Jesucristo como
Evangelio y Evangelizador del Padre. “De la vida nueva del bautizado han de
brotar expresiones comunitarias de justicia e igualdad en la Iglesia y en la
sociedad civil, eliminando no sólo las diferencias de religión y de sexo, sino
también las que nacen de las injusticias económicas. Evidentemente, de una
concepción liberadora e histórica del bautismo se desprende la exigencia de
vivir una vida comunitaria nueva”.
Es
importante que el bautismo inicie una vida nueva, que sea verdaderamente
seguimiento de Jesús en nuestra historia latinoamericana de hoy, como lo fue la
vida de tantos hermanos nuestros, que han dado testimonio de Jesús en nuestro
continente.
“Vivimos en
tiempo de martirio. La sangre de mártires vuelve a ser semilla de cristianos.
Bautizarse en América Latina no es, no debería ser, un mero gesto ritual,
sociológicamente extendido por todo el continente. Debería ser realmente pasar
de la muerte a la vida. Ser cristiano hoy en Iberoamérica supone estar
dispuesto a ser bautizado con el bautismo de Jesús, el bautismo existencial de
su muerte y su resurrección”.

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