Por Andrés
ZACA NAYOTL
Teólogo
CHOLULA.- En los dos artículos
anteriores mencionaba porque que problemas se presenta en el momento de la
confesión. Pero antes esos problemas el ritual de la penitencia no da
respuestas.
Contrición:
“es un dolor del alma y un detestar del pecado cometido con propósito de no
pecar en adelante”. De esta contrición del corazón depende la verdad de la
penitencia. Así pues, la conversión debe penetrar en lo más íntimo del hombre
para que le ilumine cada día más plenamente y lo vaya conformando cada vez más
a Cristo”. Lo cierto, es que el
hombre debe convertirse de corazón a
Dios, para tener un cambio de vida. La contrición hace fuerte hincapié en la
interioridad que sigue un proceso para el hombre ayudado por la gracia: “debe
penetrar lo más intimo del hombre, para que lo ilumine cada día más plenamente
y lo vaya conformando cada vez más eficazmente a Cristo”.
Confesión:
es confesar las culpas. “La confesión, por parte del penitente, exige la
voluntad de abrir su corazón al ministerio de Dios; y por parte del ministerio,
un juicio espiritual mediante el cual, como representante de Cristo y en virtud
del poder de las llaves, pronuncia la
sentencia de absolución o retención de los pecados”. Se dice que se debe
confesar todos los pecados graves pero eso no significa que sea un “derecho
divino”.
Satisfacción:
“la verdadera conversión se realiza con la satisfacción de los pecados, el
cambio de vida y la reparación de los daños. El objeto y cuantía de la
satisfacción debe acomodarse a cada penitente, para que así cada uno repare el
orden que destruyó y sea curado con una medicina opuesta a la enfermedad de le
afligió”. Podemos decir que con la satisfacción se logra una verdadera
conversión y se obtiene cambios espectaculares. Pero lo importante es que
repara los daños. En la medida que vamos superando el pecado por la gracia de
Dios, vamos alcanzando el perdón de los pecados ofrecido”.
Participación de la Iglesia toda: en el
Concilio Vaticano II he enseñado insistentemente que los sacramentos son
acciones de Cristo y de la Iglesia (SC 27). Ya que una “catequesis sobre la
penitencia sacramental de la reconciliación y la participación de toda la
Iglesia en el proceso de la conversión”. “La Iglesia cuando comparte los
padecimientos de Cristo y se ejercita en las obras de misericordia y caridad,
va convirtiéndose cada día más al evangelio de Jesucristo y se hace así, en el
mundo, signo de conversión a Dios”.
Procesualidad:
en este aspecto vemos como el penitente necesita de tiempo para llegar a un
cambio de vida, ya que no se hace en un momento o en un día. Puede durar años
según la gravedad del pecado. En este tiempo se dan, al menos algunos caso,
como diversos ritos o etapas. Lo cierto, es que “en estas confesiones los
fieles deben esforzarse principalmente para que, al acusar sus propias culpas
veniales, se vayan conformando más y más a Cristo y sean cada vez más dóciles a
la voz del Espíritu”.
La
importancia del ministro: “la Iglesia ejerce el ministerio del sacramento de la
Penitencia por los obispos y presbíteros, quienes llaman a los fieles a la
conversión por la predicación de la Palabra y atestiguan e imparten a éstos el
perdón de los pecados en nombre de Cristo y con la fuerza del Espíritu Santo”.
Por ello, es que se recomienda que el ministro “acoja al penitente con caridad
fraternal y, si es necesario, le salude con palabras muy humanas”.
El pecado en
la vida moral. El pecado es la trasgresión de la vida moral, es la violación de
la Ley de Dios. Supone alejarse de Dios y autoexcluirse en el camino de
salvación. Tiene una connotación religiosa siempre, es violación de la ley de
Dios. Por ello, es que es importante acoger al penitente y guiarle hacia la luz
de la verdad. Y el confesor debe recordad que le ha sido confiado el ministerio
de Cristo, para salvar a los hombres. 2El confesor sabiendo que ha conocido los
secretos de la conciencia de su hermano como ministro de Dios, esta obligado a
guardar rigurosamente el secreto sacramental por razón de su oficio”.
El pecado social: el pecado es la ruptura con
los demás hombres, porque no solo el pecado rompe con nuestra amistad con Dios,
sino que el pecado daña también a los otros. La existencia del pecado colectivo
y la responsabilidad en él: además, hay que tener presente que los hombres, con
frecuencia, cometen injusticia conjuntamente. Lo cierto que Jesús nos invita a
que “librados del pecado por la gracia de Cristo, unidos a todos los hombres de
buena voluntad, trabajen en el mundo por el progreso de la justicia y la paz”.

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