El cocinero
principal era fray Pascual, que ese día corría por toda la cocina dando órdenes
ante la inminencia de la importante visita. Se dice que fray Pascual estaba
particularmente nervioso, y que comenzó a reprender a sus ayudantes, en vista
del desorden que imperaba en la cocina.
El mismo
fray Pascual comenzó a amontonar en una charola todos los ingredientes para
guardarlos en la despensa, y era tal su prisa, que fue a tropezar exactamente
frente a la cazuela, donde unos suculentos guajolotes estaban ya casi en su
punto.
Allí fueron
a parar los chiles, trozos de chocolate y las más variadas especias, echando a
perder la comida que debía ofrecerse al Virrey.
Fue tanta la
angustia de fray Pascual, que éste comenzó a orar con toda su fe, justamente
cuando le avisaban que los comensales estaban sentados a la mesa.
Un rato más
tarde, él mismo no pudo creer cuando todo el mundo elogió el accidentado
platillo.
Incluso hoy,
en los pequeños pueblos, las amas de casa apuradas invocan la ayuda del fraile
con el siguiente verso: "San Pascual Bailón, atiza mi fogón".

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