CHOLULA.- Del lazo de la muerte no
podemos escapar. El hombre es el único que puede vivir este acontecimiento como
acto y pasión (passio), es el único que puede preguntarse por el sentido o sin
sentido de ella. La muerte siempre mantendrá para nosotros su realidad de
misterio y enigma. Las Sagradas Escrituras, la tradición y la reflexión
teológica actual evitan dar una respuesta univoca a tal misterio. Por ello
todas nuestras respuestas mantienen una complejidad real en la que confluyen
distintas perspectivas.
El primer
presupuesto del que aspira partir nuestro estudio sobre una teología de la
muerte es que “Dios no hizo la muerte ni goza destruyendo a los vivientes” (Sab
1,13). La vida en el pensamiento hebreo es un bien precioso y se es capaz de
dar por ello todo cuanto uno posee (cfr. Job 2,4). El sueño de todo israelita
es llegar a ser “anciano y colmado de años” (Gén 35,29); es una bendición
llegar a la vejez, colmado de años y gloria (cfr. 1Crón 29,28; Is 65,20). Pero
la vida no significa una dimensión meramente biológica o una realidad
individual, ella se realiza allí donde se gesta la comunión; entonces la vida
es sinónimo: de felicidad, alegría, salud, paz, justicia, don, tarea etc (cfr.
Is 56,3 s; Dt 23,1; Lev 21,17). La vida, así entendida, sólo puede venir de
Dios Él es la fuente de la vida misma (cfr. Sal 36,10; Núm 27,16; Dt,
32,39-40); en consecuencia, el desligarse de Dios es romper con el don de la
vida (Alianza) y entregarse a sus secuelas (pecado – la no vida) (cfr. Gen
2,17).
La Sagrada
Escritura también conoce la muerte como una fatalidad, incluso como olvido de
parte de Dios (cfr. Sal 83,6; Sal 88). Adán se entiende en relación al polvo de
la tierra a la que vuelve. Todos los vivientes conocen la muerte (cfr. Job
30,32; 2Sam14, 14). Pero también la muerte es presentada como la culminación
del tiempo de decisión e inicio de un estado definitivo. En la muerte, el
destino del hombre depende de las opciones que realizó a lo largo de su vida
“terrena”. Esta idea, según algunos, se gesta dentro del período de destierro
en vista a una restauración nacional. El pueblo de Israel debe mantenerse fiel
a Yavé y la fidelidad será recompensada (cfr. Ez. 37,1-14; Dt 4,25-31,5,32-33,6,1-3,20-25).
Así, el libro de Job expresa: “Llegarás en sazón al sepulcro, como se recogen
las gavillas a su tiempo” (Job 5,26). Dios tiene el poder de la vida. Aquel que
se mantiene en la sabiduría, se mantiene en el camino de la vida (Prov. 13,14).
El libro del
Génesis también nos presenta la muerte violenta (cfr. Gén 4,10). No deja de
llamar la atención que uno de los elementos que se presentan en el relato de la
caída inicial sea un asesinato. Lo que era una amenaza virtual, “morirán” de
parte de Dios se convierte en “hecho real” a manos del hombre. Quitar la vida a
alguien es justamente romper la lógica don (de la vida) usurpando el lugar de
Dios.
La
exposición sobre la muerte, en el Nuevo Testamento, mantendrá esencialmente las
mismas líneas fundamentales (cfr. Jn 12,25, Mt 25,34-36, 2Cor5,10, Lc
16,19-31). Así, por ejemplo, Juan en el Apocalipsis reclama a la Iglesia de
Sardes su infidelidad, anunciando: “Nominalmente vives, pero estás muerto”
(Apoc.3,1). Por otra parte, de alguna forma, ya desde los textos del Gén 2,16s
y Gén 3,19 se podía deducir que la muerte es consecuencia del pecado. El Nuevo
Testamento afirmará, en las cartas paulinas: “Por medio de un solo hombre entró
el pecado en el mundo, y por el pecado la muerte; y así la muerte pasó a todos
los hombres, por cuanto todos pecaron” (Rom 5,12). En estos argumentos, la
teología del antiguo Testamento y la del nuevo Testamento coinciden. Ahora
bien, ¿dónde se diferencian? En el hecho novedoso la presencia de Cristo, el
eschaton dentro de la misma historia, por ende, puede entenderse también como
consumación de la vida en Dios. La muerte no es un caer en el vacío, sino la
continuación de una vida en Cristo que llega a su plenitud en la muerte (cfr.
Lc 23,43, Flp 1,23, 1 Ts 4,14,16 y 2Co 5,6-8).
En el nuevo Testamento la muerte
no es un acontecimiento aislado, la muerte es vivida cotidianamente como un
morir con Cristo, la muerte y la
resurrección son el camino de todo cristiano desde el bautismo (Rom 6,2; Jn
5,4). El mismo Pablo afirma: “Cada día vengo en trance de muerte” (1Cor 15,30;
2Cor 4,7ss; Gal 6,17; Rom 8,36) o, la otra afirmación paulina: “nosotros somos
como quienes se están muriendo, y ya veis que vivimos (2Cor 6,9). La muerte no
es algo extraño a la vida, “el que ama ya ha pasado de la muerte a la vida”
(1Jn 1,4). Desde esta perspectiva, la muerte y la vida son dos realidades
complementarias y no antagónicas, “Para mí, el vivir es Cristo, y el morir,
ganancia” (Flp 1,20s).
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